El espacio que tu cuerpo ocupa en el mundo, es igual al espacio del cuerpo en que uno se ha recogido; y si esto es así, nadie tiene por qué molestarse, ni importunarte;en el espacio de tu cuerpo, del que tú eres el soberano absoluto.
Puedes pararte de cabeza y hacer y deshacer, y transitar tranquilamente, libre ya de un mundo de pesadilla, poblado de espectros y de esqueletos que plulaban y te quitaban la vida.
En todo caso, tu morada, tu ciudad, tu noche y tu mundo, se reducen a tu cuerpo;
y quien lo habita no eres tú, sino el cuerpo de tu cuerpo.
Pues el cuerpo que te habita, en realidad, eres tú;
sólo que tu cuerpo deja de ser tú;
y pasa a ser él.
Imagínate, el cuerpo que eres tú, habitando el cuerpo que es él.
Y que no por eso deja de ser tú.
De ahí el habitante, o sea, el cuerpo de tu cuerpo; y de ahí, asimismo, el habitado, osea, tu cuerpo.
¿Y qué decir de la honda soledad, habitando el espacio de tu cuerpo?
Hay un echar de menos la soledad, cuando hay alguien a tu lado;
pero, cuano no hay un alma, es la propia soledad quien te echa de menos
- y es como si tú no estuvieras, o como si te hubieras ido, en busca de alguien a quien echar de menos.
La soledad en el espacio de tu cuerpo, ha de ser, pues, una soledad muy larga, mul alta, muy álgida.
- como una soledad que uno imaginaba de niño.
Con un retrato desaparecido y una rueda inmóvil, en el cuarto oscuro.
Jaime Saenz- Fragmentos de La Noche