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Narradora y poeta  boliviana, nacida en Moxos; entró al mundo de la blogosfera como si fuera a explorar la selva verde-el verde río. Amante de los felinos, feisbukera y blogera. Le encantan los temas esotéricos y espiritualistas

martes, 27 de abril de 2010

3. La expiación

3.
LLegar al éxtasis que te produce esta expiación, es supremamente, infinitamente
llevadero. Porque describir los cuerpos así de esta manera, es llegar al nirvana pero en la tierra.
Por eso me recojo cada día al espacio de la noche, pero también al de mi cuerpo.
Cuando trato de huir hacia adelante, todo me recuerda, todos los caminos me conducen a escribir.
Lo cierto es que cada vez que cometo este desliz, tan alta aventura, no hago otra cosa
que ocultarme de la muerte.

Una vez tuve 12 años, a esa edad era apenas una niña, era en mi pueblo, allá en San Ignacio,
yo siempre llevaba vestidos cortos y floridos- era la época de la naciente minifalda, también llevaba los pies desnudos con las sandalias típicas de allá, el sopor del sol calenturiento hacía que todos en casa durmieran, me salí a tomar el fresco a la vereda de mi casa y de pronto, como algo fatigado llegaron los primeros esbozos: torpes, ridículos, pero llenos de una insesante sazón.

Yo la verdad es que no quería eso para mi vida,
no me veía como una pobre poeta largada de la mano de quién sabe qué dioses. Pero soporté esa revelación como un secreto...

Muchos años pasaron para que esa realidad que me laceraba el cuerpo, pudiera dar rienda suelta

y ver la luz, salir al aire y explotar.

2. La realidad que llegó lacerante



2.

Esa realidad que llegó lacerante desde el fondo de mi alma

que me hizo descubrir el por qué yo había venido

me hizo recogerme al espacio de la noche, al espacio de mi cuerpo,

y lo hice sin importar la condena de la sociedad pacata en donde vivo,

una sociedad callada e inconforme, que no dice nada ante el atropello

ni reacciona ante las cosas bellas; es como dice Daher: una sociedad inconmobible.

Pero hay que advertir que miles y miles de mortales escriben para los lectores,

debo admitir que escribo porque es mi sino, porque es el mandato que vine a cumplir,

porque es necesario, lo hago a diario, casi para no morir.

Porque escribir es un oficio al que no me acostumbro y no lo veo como tal,

lo veo como un escape a las emociones del alma,

pues en realidad recogerse al espacio de la noche y del cuerpo, es morir,

pero hablo de esa expiación profunda de la nada, el asombro ante el papel en blanco

y las patitas del ordenador que ruegan que teclees algo;

de esta muerte es de la que te hablaba, porque no se trata de abandonar el cuerpo;

se trata más bien de traspasar el cuerpo,

y poder percibir esas sutiles emociones que en otra situación no percibes;

se trata de cumplir el karma; la expiación; y por idéntica razón,

habrá que vivir.